La reclusa tatuada le reventó la comida en el pecho a la prisionera más indefensa, sin imaginar al monstruo letal que acababa de despertar

Publicado por eliezer montro el

Si llegaste hasta aquí desde Facebook, seguramente la sangre te está hirviendo de pura rabia, tienes los puños apretados y sientes un nudo de impotencia asfixiante en la garganta. ¿Qué clase de escoria cobarde y sin alma es capaz de humillar a una mujer indefensa y arrebatarle su única ración de comida solo para alimentar su asqueroso ego frente a las demás presas? Acomódate bien y respira profundo, porque la espeluznante reacción de esta mujer empapada de comida no solo congelará la sangre de todo el penal, sino que la mirada que lanza a la cámara te demostrará que el karma en la cárcel no perdona a nadie.

El bullicio ensordecedor del comedor en el Centro Penitenciario Femenino de Alta Seguridad vibraba con una energía pesada y tóxica. El aire olía a cloro barato, a sudor y a encierro. Cientos de mujeres con uniformes grises y gastados comían apresuradamente bajo la estricta vigilancia de las guardias armadas.

Justo en una de las mesas de acero inoxidable más alejadas, arrinconada y encorvada sobre su lugar, se encontraba una reclusa solitaria.

Llevaba el cabello enmarañado, el rostro manchado de suciedad y unas enormes ojeras oscuras que delataban semanas sin dormir. Nadie sabía su nombre, solo la llamaban «la nueva». Temblorosa y en absoluto silencio, la mujer comía su miserable ración del día con una cuchara de plástico, manteniendo la mirada clavada en su charola de metal para no llamar la atención.

Pero en un lugar dominado por depredadores, mostrar debilidad es como sangrar en un estanque lleno de tiburones.

El veneno de la arrogancia y la burla del penal

Caminando por el pasillo central, abriéndose paso con una prepotencia repugnante, se acercaba «La Hiena».

Era la líder indiscutible del pabellón sur. Una mujer corpulenta, con el cuello y los brazos tapizados de tatuajes de pandillas, cicatrices de navajazos y una sonrisa cargada de maldad pura. Al ver a la mujer sucia y encorvada comiendo sola, su ego enfermo vio la oportunidad perfecta para dar un espectáculo y reafirmar su autoridad.

La Hiena jaló la silla de metal con violencia y se sentó justo enfrente de la reclusa solitaria.

«Vaya, vaya…», siseó la pandillera, apoyando los codos sobre la mesa y mirando la charola ajena. «Fíjate que mi comida de hoy me supo a pura basura. Pero esa charola tuya… esa comida se ve muchísimo mejor que la mía.»

La reclusa sucia dejó de masticar. Tragó saliva con dificultad y, sin levantar la vista, jaló su charola un par de centímetros hacia su pecho, en un instinto de protección.

«Por favor…», susurró la mujer con una voz apenas audible. «No he comido en dos días.»

La Hiena estalló en una carcajada áspera, vulgar y escandalosa que atrajo la atención de las mesas vecinas. Las cómplices de la pandillera comenzaron a reírse también, rodeando la mesa como hienas acorralando a su presa.

«¿No has comido en dos días? ¡Ay, pobrecita!», se burló la líder, cambiando su tono a uno de furia descontrolada. «¡Aquí las cosas son mías cuando yo digo que son mías, muerta de hambre!»

El impacto brutal y la mirada del infierno

Con un movimiento brutal, salvaje y cobarde, La Hiena agarró la pesada charola de metal por los bordes.

No se la llevó para comérsela. Con todas sus fuerzas, la pandillera levantó la bandeja y la reventó violentamente directamente contra el pecho de la mujer sucia.

El impacto sonó seco en medio del comedor.

La ración completa de arroz hervido, los frijoles caldosos y un pedazo de carne guisada estallaron contra la tela del uniforme de la reclusa. El arroz y los frijoles le quedaron asquerosamente pegados a la camisa gastada, escurriendo por su cuello, manchando su rostro y cayendo a pedazos sobre sus piernas.

«¡Para que aprendas a respetar a tus dueñas, perra asquerosa!», escupió La Hiena, poniéndose de pie con arrogancia, mientras el comedor entero estallaba en risas y chiflidos de burla.

Las guardias miraron hacia otro lado, haciéndose de la vista gorda. Todo el penal esperaba que la mujer sucia se pusiera a llorar, que se encogiera de miedo o que saliera corriendo hacia las celdas a esconder su humillación.

Pero no hubo lágrimas. No hubo gritos de pánico.

Lo que sucedió a continuación fue tan antinatural, tan pesado y tan gélido, que las risas de La Hiena se fueron apagando poco a poco.

La mujer sucia, completamente empapada en frijoles y arroz, cerró los ojos por un segundo. Respiró hondo, y con una lentitud que daba verdaderos escalofríos, levantó el rostro.

Se quitó un grano de arroz de la mejilla con un movimiento robótico y milimétrico. Su postura encorvada y temerosa desapareció por completo. Los músculos de su cuello se tensaron como cables de acero.

Ignoró la comida que escurría por su pecho. Ignoró a las pandilleras que ahora la miraban con una extraña e inquietante confusión.

Rompiendo por completo la cuarta pared, la misteriosa reclusa clavó su mirada profundamente oscura, psicópata y cargada de una sed de carnicería letal directamente en la lente de la cámara.

No pronunció una sola palabra. No reveló por qué estaba realmente en esa prisión de máxima seguridad, ni a cuántos hombres había tenido que desmembrar en su vida pasada para aprender a mirar con esa frialdad absoluta. No dijo qué clase de emboscada sangrienta, destructiva y sádica le tenía preparada a esa estúpida líder de pabellón en las duchas esa misma noche.

No hacía falta decirlo todavía.

Porque en esa mirada de absoluto hielo y fuego cruzado, quedó firmada y sellada la sentencia de dolor de aquella pandillera. La Hiena creyó que humillar a la más débil del comedor la hacía la reina de la cárcel, sin tener la más mínima, remota e infernal idea de la máquina de matar que acababa de despertar. La comida se había derramado, pero la cacería más implacable y brutal en la historia de ese penal… esa, apenas estaba por destrozarles la vida.

Categorías: Blog historias

0 comentarios

Deja una respuesta

Marcador de posición del avatar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *